martes, 18 de junio de 2019

Una sola flecha – Saúl


Una sola flecha – Saúl
“Y arreció la batalla contra Saúl, y le alcanzaron los flecheros, y tuvo gran temor de ellos” (1 Samuel 31:3) 
Cuatro reyes en Israel murieron por una sola flecha. Saúl (1 Samuel 31:3), Acab (1 Reyes 22:34) y Josías (2 Reyes 35:23). Todos estos murieron a causa de una flecha tirada por el enemigo. El cuarto de los reyes, Joram, murió por la flecha de Jehú, como parte del juicio de Dios (2 Reyes 9:24). 

Una sola flecha con un gran poder destructivo. Nuestro enemigo también tiene sus flechas, por eso nos dice la Biblia que debemos tomar toda la armadura de Dios, la cual incluye “el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno” (Efesios 6:16).  Una desobediencia puede traer terribles consecuencias, un solo desvío puede ser fatal en nuestra vida (Romanos 5:19), por eso debemos estar alerta y no descuidar nuestra vida espiritual.  

¿Se caracteriza tu vida por la obediencia a Dios y su Palabra? El pecado nunca debe ser el estilo de vida de un cristiano ni debe ser permitido bajo la premisa “nadie es perfecto”. Recordemos las palabras del sabio, “Las moscas muertas hacen heder y dar mal olor al perfume del perfumista; así una pequeña locura, al que es estimado como sabio y honorable” (Eclesiastés 10:1). 

Saúl parecía ser el hombre indicado para el cargo de ser el primer rey en Israel. Era pequeño en sus propios ojos (1 Samuel 15:17), pero su corazón rápidamente se llenó de orgullo. “Pequeños descuidos” que Saúl permitió en su vida le fueron alejando cada vez más de Dios, al punto que lo vemos al final de su vida disfrazado para ir a consultar una adivina. Dios había mandado a Saúl a exterminar a Amalec. Saúl cumplió parcialmente el mandamiento de Dios, pero dejó vivo “lo mejor” de Amalec. Amalec es una figura de la carne en el creyente. Ese impulso dentro de nosotros que se inclina y responde al pecado y la tentación.

Si no hacemos “morir lo terrenal en nosotros” (Colosenses 3:5) tarde o temprano nos pasará factura. Saúl fue descuidado en su vida espiritual. Luego de su muerte, David lamenta que “fue desechado el escudo de los valientes, el escudo de Saúl, como si no hubiera sido ungido con aceite” (2 Samuel 1:21). Los soldados cuando salían a la batalla ungían sus escudos con aceite para que las flechas no golpearan con ímpetu, sino que resbalaran. ¿Qué pasó con Saúl? Por lo que dice David, parece que Saúl se descuidó y no ungió su escudo con aceite. No estaba preparado para la batalla, el enemigo le alcanzó y con una sola flecha le destruyó. 

La carne no advierte cuando ataca. El maligno no avisa cuando va a lanzar los dardos de fuego. Tenemos que siempre estar preparados. La carne se enfoca en mirar hacia adentro, para confiar en nosotros mismos. La fe pone su mirada arriba, de donde viene nuestro socorro, para confiar en nuestro Señor Jesucristo que fue perfecto y sin pecado, quien es nuestro Gran Sumo Sacerdote en los cielos. 

No comiences tu día sin estar preparado con el escudo de la fe.
 

¿Quién reina?


¿Quién reina?

“Y Jonatán se quitó el manto que llevaba, y se lo dio a David, y otras ropas suyas, hasta su espada, su arco y su talabarte” (1 Samuel 18:4)
Saúl era el rey en Israel y Jonatán, su hijo, era el heredero al trono. Jonatán era un hombre muy diferente a su padre. Saúl era un hombre carnal, desobediente y orgulloso, mientras que Jonatán era un hombre humilde, obediente y espiritual. Dios ya había desechado a Saúl para que no reinara por causa de su desobediencia, pero él no daría su brazo a torcer tan fácilmente. Intentó matar a David con el fin de que no hubiese impedimento para Jonatán reinar. 
Sin embargo, es llamativo ver que Jonatán, sabiendo que David había sido ungido como el próximo rey en Israel, cedió voluntariamente a David el derecho al trono. Jonatán no se unió a su padre en el complot para matar a David, más bien le protegió de su padre, y el alma de Jonatán quedó ligada a la de David. Una muestra de esto es lo que hace Jonatán al entregarle su manto, espada, arco y talabarte. Estaba reconociendo que David era el rey. Estaba cediendo el trono que le correspondía a Jonatán ocupar. Un tiempo más tarde Jonatán le pide a David que haga misericordia de él y no lo trate como a uno de sus enemigos.

¿Cómo eres tú? ¿Serás como Saúl que no quieres dejar que el Señor sea quien gobierne tu vida, o serás como Jonatán que voluntariamente te consagras a Él y dejas que Cristo sea quien tome el control? A veces no queremos dar nuestro brazo a torcer, queremos ser quien tome las decisiones, quien dé los pasos, quien se siente en el trono y reine en nuestra propia vida. Así las cosas no van a ir bien. Tenemos que rendiros voluntariamente al señorío de Cristo. “a este Jesús... Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hechos 2:36). 
¿Es Cristo el Salvador de tu alma? Si no lo es, no le sigas rechazando. Él venció la muerte y el pecado para salvarte de la condenación. Si Cristo es tu Salvador, entonces también es tu Señor. Como dijo Tomás, “Señor mío, y Dios mío” (Juan 20:28), y también Pablo, “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” (Hechos 9:6).

Para que el reino de David fuera estable Jonatán tuvo que morir en batalla. Para que Cristo controle verdaderamente nuestra vida debemos hacer “morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría” (Colosenses 3:5). “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30). Es así como el Señor Jesucristo tendrá la libertad de reinar en tu corazón y llevarte por el camino de su voluntad.
Entonces, en tu vida, ¿quién reina? 
Miguel Mosquera

martes, 4 de junio de 2019

Si el Señor viniera a tu casa

Si el Señor viniera a tu casa
Si el Señor viniera a tu casa a pasar algunos días;
si viniera sin aviso, ¿cómo le recibirías?
¡Ah! Yo sé que le darías tu mejor habitación,
y la mejor comida, sazonada a perfección.
Le asegurarías que es un gozo sin igual
tener un huésped tan honrado visitando tu hogar.

Pero al ver a tu puerta al Visitante tan distinguido,
¿correrías, complacido, a decirle: ¡Bienvenido!?
¿O tendrías que cambiarte antes de dejarle entrar,
esconder esas revistas, y poner la Biblia en su lugar?
¿Y qué del aparato que sueles contemplar?
¿Dónde lo pondrías, o lo tendrías que tapar?

Y esa última palabra, que en tu ira pronunciaste,
¿desearías que la Visita, al llegar, no la captase?
Y si por unos días se quisiera Él quedar,
con lo que siempre haces ¿podrías continuar?
¿Aún pronunciarías lo que sueles tú hablar?,
y la forma de tu vida, ¿la tendrías que cambiar?

¿No sería diferente toda tu conversación,
la lectura de la Biblia y los ratos de oración?
¿Dejarías que Él oyera tu cántico usual
y los libros que a tu alma son comida espiritual?
¿Llevarías a tu Amado a todos los lugares
dónde ibas tú a ir, o cambiarías tus planes?

¿Te daría pena si Él llegara a conocer
tus mejores amistades, o sería un placer?
¿Muy contento estarías si Él viniera a quedarse,
o estarías aliviado cuando al fin se marchase?
Sería interesante saber lo que harías,
si Él viniera a tu casa a pasar algunos días.
- Copiado, pero no sé de quién

Su fidelidad y constancia


Su fidelidad y constancia

“Las misericordias de Jehová cantaré perpetuamente; de generación en generación haré notoria tu fidelidad con mi boca.” (Salmo 89:1) 

El salmo 89 es el salmo de la fidelidad de Dios. La palabra hebrea emuná aparece 7 veces en este salmo, más que en cualquier otro capítulo del Antiguo Testamento.

La vemos en los versículos 1, 2, 5, 8, 24, 33 y 49. Aunque en nuestra traducción aparece cinco veces traducida como “verdad” es la idea del primer versículo la cual es desarrollada a lo largo del salmo.  

Es usada por primera vez en la Biblia en Éxodo 17:12 cuando Israel estaba peleando contra Amalec y Moisés se encontraba en la cima del monte con la vara en su mano y sus manos levantadas. Cuando Moisés bajaba sus manos Amalec prevalecía en la batalla, cuando Moisés levantaba sus manos Israel prevalecía. Las manos de Moisés se cansaban, así que Aarón y Hur le sostuvieron sus manos de manera que “hubo en sus manos firmeza [emuná=fidelidad] hasta que se puso el sol”.

Como hombre Moisés se cansaba, ¡qué contraste con nuestro Gran Sumo Sacerdote en los cielos! El Señor Jesús "no desfallece, ni se fatiga con cansancio” (Isaías 40:28). 

En este salmo aprendemos varias cosas acerca de la fidelidad de Dios.
·        La fidelidad de Dios no cambia con el tiempo (v.1). Aunque las generaciones pasan, Dios siempre permanece fiel.
·        Está establecida en los cielos (v.2) porque no se ve alterada por las circunstancias terrenales.
·        Es su fidelidad que guarda los pactos (vv.3-5), y a pesar de los errores de David y de su descendencia, esto no hizo que Dios cambiara ni fallara a su pacto.
·        La fidelidad y la misericordia de Dios van íntimamente relacionadas (v.24).
·        Dios no es fiel como premio a nuestra conducta, sino que a pesar de ser indignos y sin merecer su cuidado, Él está siempre a nuestro lado e intercede a nuestro favor.
·        Nunca hará fallar su fidelidad (v.33) ya que es parte del carácter de Dios.
·        A pesar de que las circunstancias parezcan decir lo contrario (v.49) Dios siempre será firme y fiel a su palabra, a sus promesas y a su pacto. 

Con razón el salmo termina, “Bendito sea Jehová para siempre. Amén, y Amén”. 
Miguel Mosquera

EJERCICIOS COTIDIANOS
“Cada día” se nos instruye:
Velar Pr. 8:34
Tomar la cruz Lc. 9:23
Orar a Dios Lc. 18: 1
Testificar Hch. 5:42
Leer la Biblia Hch. 17:11
Entregarse 1 Co. 15:31
Regocijarse Fil. 4: 4
Exhortar Heb. 3:13

“EL FIN DE TODAS LAS COSAS
SE ACERCA”
(1 Pedro 4:7)
Se acabará la:
Oración a Dios Is. 55: 6
Oferta de salvación Lc. 13:25
Obrar para el Señor Lc. 19:13
Ocasion para servir Ro. 13:11
Oscura visión nuestra 1 Co. 13:12
Oportunidad de invitar 2 Co. 6: 2
Observancia de su orden Heb. 10:25

viernes, 31 de mayo de 2019

Peregrinos en la tierra

Peregrinos en la tierra

 
“Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación” (1 Pedro 1:17) 

 
El apóstol Pedro les escribe a cristianos que están dispersos en el mundo, lejos de su tierra natal, para animarlos a continuar fieles a pesar de las circunstancias que están pasando. De la misma manera nos recuerda que todo creyente, sin importar donde se encuentre, es un peregrino, transitando por este mundo hacia nuestra patria celestial.
 
En este peregrinar debemos conducirnos como ciudadanos del cielo. Debemos reflejar el carácter de nuestro Padre, “como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir” (1 Pedro 1:15). Al principio de su carta el apóstol Pedro nos habla de la seguridad que tiene cada creyente de “una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos”, por la “herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible” y por la Palabra de Dios que es fiel (1 Pedro 1:10-11). Lo que creemos tiene un fundamento firme, y también tiene un impacto sobre nuestra vida diaria, nuestra conducta, sobre nuestro testimonio al mundo. Como peregrinos no nos comportamos de acuerdo al lugar donde estamos sino de acuerdo al lugar al que pertenecemos y a donde vamos.
 
Por eso debemos “conducirnos en temor”. No significa con miedo a Dios, sino con respeto, reverencia y aprecio hacia Él. Conscientes de su presencia con nosotros cada momento y con nuestros pensamientos centrados en Él. Un ejemplo de las Escrituras sería José. Viviendo en Egipto, sin que nadie de su familia viera lo que estaba haciendo o cómo se estaba comportando, José se condujo en temor, consciente que la presencia del Señor siempre estaba con él, observándolo en todo momento. Esto le llevó a ser responsable en su trabajo, honesto en sus palabras, paciente en la prueba y firme en las tentaciones.
 
Aunque otros no nos vean, Dios siempre nos ve. Que esto nos estimule a conducirnos en temor todo el tiempo de nuestra peregrinación. 


Miguel Mosquera

Aborreced lo malo, seguid lo bueno


Aborreced lo malo, seguid lo bueno

“Aborreced lo malo, seguid lo bueno” (Romanos 12:9) 
            
Esta es una de las expresiones que bien describen el carácter de nuestro Señor Jesucristo. Su correcta perspectiva y actitud hacia en cuanto al mal y el bien fue consistente durante toda su vida. 

Aborreced lo malo 

Fue tentado por Satanás mismo, pero lo venció por medio de la Palabra: “está escrito”. Se indignó al ver la dureza de los corazones (Marcos 3:5), al ver la mercadería en el templo (Mateo 21:12), a la mujer sorprendida en adulterio le dijo, “vete, y no peques más” (Juan 8:11), se mantuvo a distancia de la política (Mateo 22:21). En una oportunidad Dios le dijo a Jeremías: “Conviértanse ellos a ti, y tú no te conviertas a ellos” (Jeremías 15:19). Así fue en el caso del Señor, aunque estaba rodeado de publicanos y pecadores nunca se convirtió en uno de ellos, sino que se relacionó con ellos para darles libertad del pecado. 

En contraste, el salmista dice en cuanto al impío, diciendo, “Medita maldad sobre su cama; está en camino no bueno, el mal no aborrece” (Salmo 36:4). Así no debe ser el creyente. 

Seguid lo bueno 

El aborrecer lo malo va seguido de su contraparte, seguir lo bueno. El Señor dijo: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hebreos 10:7), y también, “Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis?” (Juan 10:32). Nunca se refrenó de hacer el bien, cualquiera fueran las circunstancias. Dijo: “Por consiguiente, es lícito hacer el bien en los días de reposo” (Mateo 12:12). 

Que nuestra vida también esté caracterizada por este mismo principio: “aborreced lo malo, seguid lo bueno”. 

Amor sincero


“El amor sea sin fingimiento... Amaos los unos a los otros con amor fraternal” (Romanos 12:9-10) 

Romanos 12 es uno de los pasajes que muestra el alto estándar que Dios tiene para el cristiano. El apóstol usa frases cortas donde cada una de ellas agrega dificultad a la carrera cristiana. Veremos en los próximos artículos estas frases un poco más en detalle. 

La primera de las frases tiene que ver con el amor. En ocasiones vemos el amor mencionado de último (como 2 Pedro1:5-7), como el objetivo final que anhelamos alcanzar. En este caso es mencionado de primero, ya que el amor es el móvil que nos impulsará a lograr todo lo demás. Sin amor, todo lo demás se convertirá en una carga pesada imposible de llevar. 

El Señor Jesucristo habló que el amor debe demostrarse en dirección vertical: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón” (Marcos 12:30) y en dirección horizontal: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:31). Es imposible desligar el amor a Dios con el amor al prójimo. Van de la mano. "Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (1 Juan 4:20). 

Un amor sin fingimiento es un amor que va más allá de las palabras. Las palabras son necesarias para expresar amor, los hechos son necesarios para mostrar que ese amor es verdadero. “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:16-18). 

Si digo que amo a mi hermano, entonces ¿qué estaría dispuesto a hacer por él? El amor sea sin fingimiento.
Miguel Mosquera

Serie: Mandamiento Bíblico

Estos son los animales que comeréis,   no comeréis éstos:”, v. 2-3. Levítico 11. 1-8, 43-47; 1 Timoteo 4, 3-4. Leer. En Levítico 11 tene...