jueves, 19 de abril de 2018

Efesios 4:1-32


Efesios 4:1-16  UN ANDAR DIGNO

Entramos en la segunda parte de la epístola. Las bendiciones que hemos visto tienen sus correspondientes obligaciones. Dios ha hecho grandes cosas por nosotros y debemos andar en forma digna de tal vocación. La voz de la gracia no ordena, pues leemos: “os ruego”, pero esto debe ser tan fuerte como una orden para el corazón verdaderamente agradecido. Las alturas donde hemos sido puestos no deben producir orgullo sino humildad, mansedumbre, y paciencia (v. 2).
Hay un cuerpo: no nos toca diseñarlo, sino sólo reconocer que Dios lo ha formado y él es quien le da vida. Los esfuerzos humanos producen uniformidad mientras que el Espíritu produce unidad que es mucho mejor.
Las siete unidades que se mencionan caen en tres grupos y nos enseñan que el UN Dios es TRINO:
1. Un cuerpo, un ESPÍRITU, una esperanza.
2. Un SEÑOR, una fe, un bautismo.
3. Un DIOS y PADRE.
Cristo da dones a su iglesia, pero antes de darlos descendió y subió. Descendió como Salvador y ascendió como Pontífice y Señor.
Los dones son “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe” (v. 13). Esto indica que tienen vigencia hasta nuestros días. El Señor es el que da los dones así que, pongamos la vista en el Dador y no tanto en los dones mismos.
Finalmente observemos que Cristo es el remedio para todo embate de mala doctrina (vs. 14-16).

Efesios 4:17-32  UN CONTRASTE

Después de exhortarnos a andar como es digno, se nos exhorta a no andar como los inconversos que “andan en la vanidad de su mente”, con el entendimiento entenebrecido y ajenos de la vida de Dios.
El que vive alejado de Dios puede caer en los pecados más viles (v. 19). El Señor nos enseña a vivir una vida santa, sobre todo con su ejemplo (vs. 20,21).
Santidad, es dejar el “viejo hombre” para revestirnos del “nuevo” (vs. 22-24), creado “en la justicia y santidad de la verdad”.
La santidad es vital e intensa y no consiste en sólo abstenerse del mal sino en encontrar nuestro deleite en Dios y practicar el bien.
Esto se ilustra con el ladrón que deja de hurtar y ahora trabaja, no sólo para suplir sus propias necesidades, sino para tener algo qué compartir con los demás (v. 28).
Somos sellados con el Espíritu y perdonados por Dios. Seamos benignos, misericordiosos y aprendamos a perdonar a los que nos ofenden.

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