miércoles, 31 de enero de 2018

Personajes del Antiguo Testamento.        N° 16.

Héctor Alves, 1896-1978.
Parte de una serie publicada mayormente
 en los años 1970 en la revista Truth & Tidings

En casa de Potifar

Los hermanos vendieron a José por veinte piezas de plata. Si dividieron la suma en partes iguales, cada uno recibió apenas dos piececitas. Los madianitas a su vez entregaron el preso a un oficial egipcio llamado Potifar, y sin dudo fue buen negocio para ellos vender a un mozo de diecisiete años. José no contaba con su túnica ahora, sino con algo mejor: "Jehová estaba con José, y fue varón próspero", 37.2. Aun siendo un esclavo hebreo en casa de un egipcio bien acomodado, él gozaba de compañerismo divino. Su perspectiva parecía ser buena; su amo le puso sobre todos sus bienes.
El joven era de gallarda figura y de hermoso parecer. La Palabra de Dios relata que la esposa de su amo intentó seducirlo. José rechazó su propuesta y dejó una declaración que nosotros debemos llevar muy en mente: "¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?"
Por segunda vez José perdió su túnica, sin duda de calidad. Huyó de la tentación, y la mujer lo asió por su ropa; él se quedó sin ropa pero con su carácter intacto. José puso por obra lo que Pablo instó a los santos siglos más tarde: "Huid de la fornicación".
Y por segunda vez la ropa de José fue usada como falso testimonio en su contra. Aparentemente Potifar creyó la historia que le fue contada. "Tomó su amo a José, y lo puso en la cárcel, donde estaban los presos del rey". Y justamente en el versículo que sigue leemos: "Pero Jehová estaba con José".
Así, él dejó la casa de Potifar con las mismas palabras registradas acerca de él cuando entró: el Señor estaba con él. Pronto ganó el favor del carcelero. "Cuando los caminos del hombre son agradables a Jehová, aun a sus enemigos hace estar en paz con él". No obstante las circunstancias contrarias, José fue ascendido.
El copero en jefe y el panadero en jefe estaban entre los presos. Un día vieron que José estaba triste, y preguntaron por qué. Cuando les contaron sus propios sueños, el soñador interpretó sueños. El panadero fue ahorcado y el copero restaurado a sus funciones. José se aprovechó de la oportunidad y pidió a este último: "Acuérdate de mí cuando tengas ese bien". No hizo mal al pedir esa libertad de su encarcelamiento injusto, pero la naturaleza humana se hizo evidente, porque "el jefe de los coperos no se acordó de José, sino que le olvidó". La ingratitud caracteriza los días postreros, 2 Timoteo 3.2.
José había aprendido la verdad de Isaías 2.22: "Dejaos del hombre, cuyo aliento está en su nariz". Sin duda había confiado en la integridad del copero, y día tras día había esperado buenas noticias, pero su suerte iba a ser la de pasar dos años más en esa prisión, y no es de dudar que fueran años difíciles de llevar. Él no sabía que Dios estaba esperando el momento oportuno, y bien ha dicho alguien que Él nunca se atrasa ni se adelanta.
Si José hubiera sido excarcelado poco después de salir el copero, hubiera sido prematuro en los propósitos de Dios. Hubiera estado en libertad, pero probablemente poco más. Posiblemente hubiera intentado volver a la casa paternal, pero desde luego esto es sólo suposición. Definitivamente José iba a salir libre, pero solamente en el momento que Dios tenía previsto.
Él iba a enviar hambruna y Faraón iba a soñar. La mente del copero empezó a reflexionar, y él se acordó de su falta. Buscaron al preso José, quien expuso el sueño. Todo estaba acorde con el plan de Aquel que "hace todas las cosas según el designio de su voluntad", Efesios 1.11.
La lección que debemos aprender es que nuestro Padre se rige por un calendario. Los acontecimientos en nuestro relato tuvieron lugar "cuando se acercaba el tiempo de la promesa", Hechos 7.17. La aflicción de José llegó a su fin cuando Dios quiso: "Hasta la hora que se cumplió su palabra, el dicho de Jehová le probó", Salmo 105.19.
Habiendo oído el sueño, José le da al rey un mensaje triple de parte de Dios. Dijo que Dios le había mostrado a Faraón lo que iba a hacer y cómo debía proceder. Faraón reconoció que efectivamente Dios le había hecho saber todo esto a José, y encontramos que éste fue honrado sobremanera.

Segundo en el reino

Faraón reconoció que la sabiduría de José era de origen divino, y por esto lo puso de gobernador sobre todo Egipto. Las aflicciones de José habían pasado; a la edad de treinta años era el primer ministro. De muchacho pastor, a través de mucha tribulación, ascendió a ser (aparentemente por ochenta años) gobernador de la nación más avanzada de su tiempo. Esta posición fue lograda con base en su valor personal, si bien todo el tiempo Jehová estaba con José. En el 41.42 leemos que "Faraón quitó su anillo de su mano, y lo puso en la mano de José; y puso un collar de oro en su cuello ... y lo hizo vestir de ropa de lino finísimo, y puso un collar de oro en su cuello".
Una vez más José se había mudado de ropa. Primero tenía la túnica de varios colores que su padre había hecho; luego el uniforme de un supervisor en la casa de Potifar; y entonces un cambio repentino al atuendo de un preso en la cárcel. Finalmente, ostentó ropas de lino muy fino que nunca le serían quitadas. Fue honrado de Dios porque había honrado a Dios. Faraón le dio un nombre nuevo a José, el de Zafnat-panea, que quiere decir un revelador de secretos. También le dio de esposa a Asenat, hija del un sumo sacerdote de On. La experiencia en los años con Potifar, como también los sufrimientos en la cárcel, le capacitó para su responsabilidad nueva.
Es demasiado común que el orgullo se manifieste cuando un hombre es exaltado repentinamente a una posición de dignidad. No fue así con José, ni más adelante se aprovechó de su autoridad con castigar a sus hermanos por lo que habían hecho. Aborrecían a José, de manera que daban por entendido que él sentiría lo mismo para con ellos. Pero eso no era el carácter del hombre que había pasado por la prueba de un encarcelamiento injusto y ahora por la de la prosperidad. La cisterna y la cárcel le prepararon para el cuello de oro. En la cisterna se dio cuenta del odio que sentían sus hermanos; en la cárcel aprendió la fidelidad de Dios; ahora, condecorado, iba a aprender la soberanía de Dios. José era paciente y honesto, bien en la casa de Potifar, en la prisión o en el palacio de Faraón.
Dios tenía en mente una gran obra para este hombre. Sería la de salvador. También, estaba en los propósitos de Dios que fuese reunido con su padre y sus hermanos. La verdad es más extraña que la ficción, y esto se ve en las circunstancias tan llamativas que condujeron a la reconciliación de la familia. Los sueños de José fueron cumplidos. Aun cuando hubo un lapso cuando sus hermanos no estaban dispuestos a oírle, llegó el tiempo cuando lloraban a sus pies. Más adelante el carácter noble de nuestro protagonista brilló a través de sus palabras: "Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo caminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo".

Gloria y bendición

José vivió por más de sesenta años después de la hambruna, pero poco leemos de él en esa etapa. Recibió el doble de la herencia que le correspondía, y la prole de sus hijos -- Efraín y Manasés -- fue reconocido entre las doce tribus de Israel.
"Habitó José en Egipto, él y la casa de su padre", 50.22. No diríamos que fue por gusto propio. No era su posición exaltada que lo guardó allí, ni los honores que habrá disfrutado todavía. Él sabía de la promesa que Dios le hizo a su padre en Beerseba: "Yo descenderé contigo a Egipto, y yo también te haré volver; y la mano de José cerrará tus ojos".
Los propósitos de Dios tendrían todavía otro cumplimiento después de la muerte de José. "Por la fe José, al morir, mencionó la salida de los hijos de Israel, y dio mandamiento acerca de sus huesos", Hebreos 11.22. Jacob tenía doce hijos, algunos de ellos de renombre, pero solamente éste recibe mención en los actos de fe narrados en Hebreos 11.
Él tenía una convicción firme que Dios cumpliría su promesa. De ninguna manera sus trece años de aflicción habían debilitada su confianza en Dios, sino la habían fortalecido. La prosperidad suele alejar a uno de nuestro Padre, pero así no fue con José. Aunque más de doscientos años habían transcurrido desde que Dios hizo la promesa a Abraham, José confiaba que la iba a cumplir.
El escritor a los Hebreos bien ha podido mencionar varios incidentes, actos de fe, en la vida de José, pero el Espíritu Santo escoge solamente dos: la mención de la salida de los israelitas y la orden respecto a sus huesos. José era un verdadero hebreo (uno que cruzaba al otro lado) hasta el día de su muerte. Hizo que los hijos de Israel juraran, diciendo: "Dios ciertamente os visitará, y haréis llevar de aquí mis huesos", 50.25. Sin duda ha podido mandar que se levantara un gran monumento sobre su tumba, al haber sido sepultado en Egipto, pero su fe en Dios era más fuerte que cualquier ambición terrenal. Sus nobles palabras están registradas para nuestra instrucción: "Yo voy a morir, mas Dios ciertamente os visitará, y os hará subir de esta tierra a la tierra que juró a Abraham, a Isaac y a Jacob".
No quería que sus huesos se quedaran en Egipto, de manera que Moisés los llevó consigo aquella noche memorable en que los hijos de Israel salieron de ese país. Los israelitas llevaban aquellos huesos en sus caravanas a lo largo de todos aquellos años de peregrinación. Esto nos trae a la mente, claro está, las palabras de 2 Corintios 4.10: "llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos". Aun cuando los hijos de Israel llevaron aquellos huesos a Mara, Refidim y tantas otras partes,  no leemos que en todas sus murmuraciones se hayan acordado de José. Aquellos restos han debido ser para ellos lo que la cena del Señor es para nosotros: un recordatorio precioso.
Por fin llegaron a la tierra prometida, y "enterraron en Siquem los huesos de José ... en la parte del campo que Jacob compró ... y fue posesión de los hijos de José", Josué 24.32. Probablemente esto no quedaba lejos de la cisterna donde sus hermanos lo habían metido muchos años antes. Así, Génesis termina con un ataúd en Egipto y el libro de Josué (el Efesios del Antiguo Testamento) con los huesos del patriarca enterrados en Canaán. En la vida de Josué aprendemos que la humildad viene antes de la honra, Proverbios 15.33, y "mejor es el fin del negocio que su principio", Eclesiastés 7.8    

Concluido.

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